Erotismo, periodismo, matonismo, costumbrismo y vargallosismo

 

CINCO ESQUINAS

Mario Vargas Llosa

Ed. Alfaguara, 2016

316 páginas

A quienes se topen por primera vez con una novela de Mario Vargas Llosa (1936) y sea esta Cinco esquinas, puede parecerles un policiaco más, muy bien escrito, dominando la historia y las subhistorias en todo momento, pero acaso inmerecedor de tanta fama como adorna al Premio Nobel peruano y español. Sin embargo, a quienes se topen de vez en cuando con MVLl, sobre todo el de los últimos dieciséis años, el posterior a La fiesta del Chivo, acaso les entretenga y en nada desagrade Cinco esquinas (nombre de una zona limeña de los Barrios Altos, conocedora en su tiempo de esplendor y lujo, degradada y muy peligrosa hoy; nada que ver con una película del mismo título de 1987) pero sigan creyendo que tanto como para obtener los mayores galardones de las Letras que atesora su autor no sea. Y tercero: a quienes nos hemos leído de cabo a rabo a MVLl y aguardamos sus nuevas entregas como agua de mayo, porque lo consideramos el mejor prosista vivo en español, nos gusta Cinco esquinas más que ninguna otra de las que lleva publicadas en estos últimos lustros, desde el prodigio que supuso la ya mentada historia sobre el dicatdor Trujillo. Es así porque en ella encontramos un a modo de resumen general de toda la producción vargallosista: hay erotismo (o pornografía, qué sé yo); hay periodismo (incluso artículos de prensa literalmente reproducidos); hay matones y abuso de poder; hay Lima por todas partes; y hay ese modo de contar que consiste en soltar un poco de hilo, esconder, desviarse, sorprender, intrigar, demorar, hacer que aparezca un personaje sin que sepamos la importancia real que va a tener en la trama, y saltar inopinadamente en tiempo y en lugar durante algunos párrafos. El Vargas Llosa, pues, de los comienzos, de La ciudad y los perros o Los jefes o La casa verde o de la fuera de serie Conversación en La Catedral.

Como adelanto editorial, se ha publicado en algunos medios el primer capítulo de la novela. Un aperitivo para abrir boca. Dos mujeres y sexo entre ellas. Con todo detalle. Me parece una magnífica jugada de despiste. Porque quienes se abalancen sobre la novela esperando un total despliegue lésbico no lo encontrarán. No es Los cuadernos de don Rigoberto. Hay erotismo o pornografía, allá cada cual, en ese pasaje, pero, más tarde, durante los posteriores encuentros entre Marisa y Chabela (las esposas del atribulado Enrique y su abogado y amiguísimo Luciano), no se recrea MVLl en la suerte. Solo un poquito. Y de la escena nada erótica y sí porno de la orgía que da origen al chantaje sobre el que se articula Cinco esquinas apenas se mencionan extremos sexuales como no sea para reducirlos a porquerías vomitivas fruto del alcohol y otras drogas. Sin embargo, ojo a la doble moral que aquí se apunta: la alta burguesía limeña de la época (finales del pasado siglo, últimos años de la dictadura de Fujimori y su esbirro Montesinos, o al revés, quien aparece en la novela como “el Doctor”) que representan estos dos matrimonios se entrega sin problemas a triángulos o cuadrángulos de alta temperatura carnal, pero siempre que sea entre miembros de su misma clase. Mezclarse con putas y populacho para hacerlos es reprobado y piedra de escándalo. La doble moral como seña de identidad del Poder.

El periodismo está contado en dos de sus caras. El director de una inmunda revista, “Destapes”, que responde al nombre de Rolando Garro (la vida es así), intenta chantajear al ingeniero Enrique con las fotos de la mentada orgía, urdida por un misterioso personaje al servicio de quién sabe quién. Al no lograr su propósito, las publica y se forma el escándalo padre. Pero no le irán bien las cosas, pues quien no sigue las instrucciones del Doctor lo lleva crudo. Es la cara del amarillismo, del sensacionalismo en la prensa, de las tramas que el Poder prepara para hundir y humillar a quien se le enfrente. Ahora bien, la “Retaquita”, la periodista enana (solo defino) enamorada en silencio de Garro, la audaz Julieta Leguizamón, aprovecha la jugada para forzar las cosas y empujar un poco más a Montesinos (perdón, al Doctor) al abismo del que a día de hoy no ha salido: sigue en prisión. O sea, el periodismo puede estimular lo más bajo del ser humano o servir como medio de denuncia: a elegir.

El matonismo lo encarna la figura del Doctor. Todo lo sabe, todo lo controla, todo lo manipula. Se atreve contra todos, a no ser que sean los poderosos de verdad, los ricos del Perú. Sus patrullas de rufianes, soplones y asesinos siguen sus órdenes de señor de vidas y almas. Desde arruinar a un político opositor hasta a buscar chivos expiatorios (qué memorable y triste personaje el del recitador Juan Peineta, la vida sigue siendo así, obligado a dejar su oficio para ganarse unos soles en “Los tres chistosos” y vagar por los comedores sociales de Lima cerca de su gato Serafín y de su desmemoria) para que carguen con un muerto. Y queda el costumbrismo de la novela: Lima, añoranza y acaso vergüenza. Sus calles y jirones, sus platos típicos, sus pensiones de pésima muerte (“Hotel Mogollón, la vida es así: lo digo por última vez), sus mansiones y piscinas y clubs, su miseria y su diaria búsqueda de algo que llevarse a la boca (ay, el fotógrafo Ceferino). Ahí se explaya a gusto Vargas Llosa, en lejanos recuerdos: “Los carritos de los emolionteros estaban por doquier en el centro de la ciudad, sobre todo a la entrada de las fábricas, en los alrededores de la Plaza Dos de Mayo y a lo largo de la avenida Argentina…” (página 89). Costumbrismo hasta con anécdotas metidas a calzador en la trama principal (Cervantes está por todas partes), como la de la chinita casada con el terrateniente, alrededor de la página 188.

Y el vargallosismo (había que llamarlo de algún modo) se da desde en los títulos de cada capítulo hasta en el estilo de uno de ellos, sobre todo. A MVLl le fascinó siempre la gran novela del XIX y la novela por entregas, el folletín. Así, “Una visita inesperada”, “El escándalo”, “La noche más larga del ingeniero Cárdenas”, “La cueva de los chismes”, van titulándose las secciones de Cinco esquinas. Y en uno de ellos, casi al final, el titulado “Un remolino”, rinde autohomenaje a lo que fue su narrar en las obras mayores: esos saltos espacio temporales en el mismo diálogo, ese preguntar un personaje y responderle otro de otro ámbito u otro tiempo, esa finísima carpintería narrativa, heredada de Faulkner y no me duelen prendas al decir que mejorada en bastantes aspectos.

Es lo que hay y más no se puede contar so pena de arruinar la intriga de la novela. Una última cosa: MVLlosa es hoy pasto de la prensa del corazón, como se sabe. No me he referido a ello por no encontrarle el menor interés. Pero, en lo que tal vez sea un guiño a tanto tostón persecutorio de los reporteros por su reciente historia de amor, léase en la página 190 una alusión sutil, al paso, vargallosista, deliciosa.

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