Un cambio de época

 

 

EL TESTAMENTO DEL ESTOICO

John Galsworthy

Trad. Susana Carral

Reino de Cordelia, 2016

176 páginas

      El tener de amigo a Joseph Conrad, le valió a John Galsworthy (1867-1933) el Premio Nobel de Literatura, concedido un año antes de su muerte. Si no hubiese seguido los consejos conradianos, el camino vital de Galsworthy le habría llevado a ejercer como hombre de leyes en Londres: era doctor en Derecho por Oxford y su familia contaba con una posición más que acomodada. Pero Conrad le inoculó el veneno de la literatura. Tampoco le fue mal: escribió mucho: narrativa y teatro. Y supo especilizarse en eso que podría llamarse “descripción de una época”, tan caro subgénero para el público en general. En los primeros años del siglo pasado, alumbró su obra clave, las tres primeras novelas que conforman La saga de los Forsyte y las que siguieron la historia aunque con menor aplauso. (Hago un inciso para recordar el impacto que en la aún muy pacata España de los últimos 60 del XX causó en nuestra televisión el pase de la serie televisiva de la BBC basada en aquellos señores y aquellas señoras de tanta clase y tantas intrigas y tantos criados y té: otro mundo era posible, una clase media alta que aquí nos parecía altísima). Recién cumplidos los 50, Galsworthy publicó Five Tales (“Cinco cuentos”), uno de los cuales es “A stoic” (“Un estoico”), ahora traducido en España como El testamento del estoico. ¿De qué trata? De una época que se va. La que representa el anciano naviero Heythrop, quien sin apenas poder ya moverse a su antojo, urde un complejo plan económico para sus nietos, fruto de un hijo suyo ilegítimo. Pero lo importante, insisto, es que retrata una época y eso gusta hoy mucho. Véanse si no me creen la apabullante cantidad de historias que triunfan en estos últimos años “retratando una época”, con mucha familia, muchos personajes con sus miserias y grandezas. Es decir, voluntariosos émulos de Balzac o el propio Galsworthy. Por eso se reeditan tanto los Galsworthys que en el mundo han sido.

      Faltaría a la verdad si dijese que tales historias me vuelven loco como lector. Pero comprendo muy bien que haya un público muy aficionado a leer a la manera clásica: narrador omnisciente, descripción y diálogo. Líos experimentales, ninguno. Pero he conseguido espigar algunos fragmentos que nada me disgustaron. Vean cómo responde el viejo protagonista al joven Pillin cuando le pregunta qué es lo que tiene en su contra: “Esa cabeza de cabello lustroso, los ojos de cachorro, las mejillas rellenas y coloradas, el cuello alto de la camisa, el alfiler de perla, las polainas y el acento… El gesto de idiotez y petulancia del rostro. En ninguno de aquellos jóvenes consentidos y antipáticos había vitalidad o empuje…” En resumen, “la leche y el agua haciéndose pasar por vino de oporto”. Un cambio de época, claro. O la larga reflexión del naviero cuando el tal Pillin se refiere a su padre diciendo que le gustaría animar un poco al “viejo”: “Cuando tenía la edad de aquel jovencito –veintiocho o los que fueran–, ya había hecho casi de todo: había subido al Vesubio, conducido un coche tirado por cuatro caballos, perdido la camisa en el Derby para recuperarla en el Oaks, conocido a todas las bailarinas y estrellas operísticas del momento, retado a duelo a un yanqui en Dieppe, al que hirió en el brazo por decir con su acent nasal que la vieja Inglaterra estaba acabada; llevaba la voz cantante en su compañía naviera, aguantaba mejor la bebida que cinco de los londinense más experimentados al respecto; se había roto el cuello en las carreras de vallas, le había pegado un tiro en la pierna a un ladrón, había estado a punto de ahogarse para ganar una apuesta, cazado agachadizas en Chelsea, comparecido ante un tribunal debido a sus pecados, mirado fijamente a un fantasma hasta lograr ponerlo nervioso y hacerlo huir, y había viajado con una dama española”. Un cambio de época, claro. Quizá, acabo de verlo, una buena lectura para estos tiempos que ahora mismo corren.

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