Papeleo, telefoneo e interneteo

 

Debido a mi aversión radical hacia el mundo de los trámites, sean vía papel, vía teléfono o vía internet, suelo aplicarme con ahínco a la lectura del emperador y filósofo estoico Marco Aurelio siempre que avanzan burocracias hacia mí, sean por vía pública, sean por vía privada. Me ocurrió en estos días, por razones que nada importan. Papel, teléfono, internet: público y privado. Así que volvía a fortalecerme con el comienzo del Libro II de las “Meditaciones” marcoaurelianas, además de con equinas dosis de complejos vitamínicos, ansiolíticos de amplio espectro y pertinaces ejercicios rítmicos respiratorios en la postura del loto. Dice nuestro hombre: “Al amanecer, dite siempre a ti mismo: me voy a encontrar con un indiscreto, un desagradecido, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable”. Sigo leyendo: “Todo eso les sucede por su ignorancia del bien y del mal. Pero yo, que he visto la naturaleza del bien, que es lo bello, y la del mal, que es lo vergonzoso, y la naturaleza del mismo que comete la falta, que es de mi género, no por participar de la misma sangre sino de la mente y de una partícula divina, no puedo sufrir daño de ninguno de aquellos, pues ninguno me cubrirá de vergüenza. Ni puedo enfadarme con alguien de ese mi linaje ni odiarle, porque hemos nacido para una tarea común, como los pies, como las manos, como los párpados, como las hileras de dientes superiores e inferiores”. Y concluyo con optimismo cuando ya el alba despunta y las temidas oficinas tramitatorias van abriendo su voraces ventanillas: “De modo que obrar unos contra los otros va contra la naturaleza y es obrar negativamente enojarse y volverse de espaldas”. Espiro hondo y comienzo el papeleo, el telefoneo y el interneteo, ahíto de buena voluntad y amor al humano género de este mi occidente. Pero enseguida compruebo que a Marco Aurelio lo leemos solo cuatro chiflados.

      Comienzo. Doy los buenos días y me responden “sí”. Me identifico y contestan “vale”. El que tiene que estar acaba de salir y no se sabe fijo cuándo volverá. Nunca suele estar el responsable, ni el vicerresponsable, ni el subresponsable. Solo está uno que pasaba por allí. Explico en castellano recto y correcto lo que demando y me replican (tras un silencio enigmático o unas risas grupales de mucho jolgorio) qué es lo que quiero. Lo repito en la sucinta forma de sujeto y predicado, pero me interrumpen para que aclare lo que exactamente quiero. Me ponen musiquitas mientras me pasan con otra extensión. Se corta la llamada. Me tutea todo quisque por mucho que yo insista en el usted. Mientras me maceran las meninges nuevas musiquillas, gano tiempo consultando emails cuyo contenido no consigo descifrar ni con varios manuales de criptografía superior. Abro cartas a nombre de “franzisco garcia peréz” en las que no logro descifrar si voy a ir preso o me van a nombrar presidente del Supremo. Y así sucesivamente se me va la vida tramitatoria.

      ¿El apocalipsis? Pues no, qué bobadas de apocalipsis. Porque, por ejemplo, el otro día (un dulce día) expuse un caso a una señorita que: me escuchó, no me interrumpió, fue tomando notas, me usteó, me dio un tan breve como atinado discurso sobre los derechos que me asistían por mi condición de ciudadano contribuyente, se puso de inmediato manos a la obra y me solucionó la papeleta en un santiamén. Se había duchado, sin duda; olía a agua de rosas sin ofender; hablaba en volumen audible amén de firme, no sin cierta dulzura en la voz. Es posible, otro mundo es posible, pensaba un servidor. Dudé entre preguntarle a la dama si frecuentaba la lectura de Marco Aurelio o pedirla directamente en matrimonio. Casi lloro emocionado cuando me acompañó hasta la puerta y se despidió con distante cercanía. Es posible otro mundo de educación y cortesía, es posible. Hay vida fuera de la escombrera mental y la cochambre modal. Es posible.

 

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