Un imitador llamado don Quijote

 

El capítulo XXV de lo que damos en llamar Primera Parte del Quijote es, a mi juicio, el más importante para definir la personalidad del protagonista. Un capítulo decisivo, angular, los adjetivos que se quieran añadir. Es el capítulo en el que Alonso Quijano demuestra, sin lugar a dudas, que sabe perfectamente que es Alonso Quijano, aunque juegue a ser don Quijote o, para ser exactos del todo, aunque juegue a imitar al caballero andante por excelencia: Amadís de Gaula, su modelo. Imita, es decir, sigue “el modo de otro”, según nos enseña Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española. Pero sabe que es Alonso Quijano, repito. Juega, imita, pero nunca se cree lo que no es.

Tan importante es ese episodio que suele pasar desapercibido, como de costumbre con lo evidente, como los tres pies del gato. Por ejemplo, en la Enciclopedia del Quijote que firma César Vidal se resume en dos malas patadas y un error de bulto al comienzo: “Mientras Sancho se inquieta porque su amo se adentra en Sierra Morena, éste se decide a enviarle al Toboso con una carta para Dulcinea y le extiende una libranza para que le entreguen unos pollinos con fecha 22 de agosto. Él se quedará mientras tanto en la sierra como hizo Amadís por Oriana. Fnalmente se despiden”. Y ya está. Y ya está muy mal. Sería muy injusto por mi parte atribuirme la paternidad de la teoría que aquí defiendo. Considerar que Alonso Quijano sabe siempre que es Alonso Quijano y que juega a imitar a los caballeros andantes de su gusto es idea de Gonzalo Torrente Ballester quien, no sin disgusto por mi ignorancia, me pidió (más bien me exigió con su voz de trueno) una tarde de mediados de los 70 del pasado siglo un ejemplar del Quijote, cuando yo me extendía en vanas consideraciones, durante una sobremesa en mi casa, sobre si don Quijote era un loco cuerdo o un cuerdo loco y demás tópicos. Abrió don Gonzalo el libro por el capítulo XXV, leyó los párrafos de las dos cartas que allí figuran (la firmada por “El Caballero de la Triste Figura” y la no firmada, o sea, la de la libranza de los pollinos) y clamó: “¡Explícame por qué firma una de las cartas con un nombre ficticio y se niega a firmar la otra!” Quedé mudo. “Pues muy sencillo: porque sabe perfectamente que Dulcinea es una invención y, por lo tanto, firma como le da la gana; pero como le ha prometido a Sancho resarcirle de la pérdida del rucio le extiende una letra de cambio rubricada, que basta y sobra para darle valor legal, pero sin nombre, claro. Si la firma como ‘Alonso Quijano’, descubre su juego, descubre que sabe quién es. Pero si tú acudes a un banco o a la parentela de Quijano con una orden de pago firmada por ‘El Caballero de la triste Figura’ mira a ver si la cobras, anda. A ver si aprendes a leer”.

Pongámonos en situación. Don Quijote ha liberado a una cuerda de galeotes, hombres penados a remar en galeras por orden del rey. La prudencia (no está loco, no ha perdido la razón, esa es mi tesis) le aconseja esconderse de la más que previsible reacción de la Santa Hermandad (es decir, de la Guardia Civil de la época) que lo pondría al momento en busca y captura. ¿Y qué mejor lugar para hacerlo que la Sierra Morena, que está ahí mismo y es intrincada, guarida propicia para quien desea no andar mucho a la vista pública? Claro está, evita manifestarlo con tal claridad y lógica, necesita una excusa, pues está jugando a renovar la caballería andante y hay que mantener el tipo de imitador. Así que le comunica a Sancho que va a adentrarse en aquellas selvas para imitar (la palabra saldrá siete veces en el capítulo XXV) la penitencia de Beltenebros (‘el bello tenebroso’, en provenzal, nombre que asume Amadís cuando, rechazado por Oriana, que lo cree desleal, se retira a la isla de la Peña Pobre para hacer penitencia. Nos instruye el CVC). Sigue el lío del rucio robado a Sancho. Se encuentran con Cardenio, a quien hoy llamaríamos enfermo bipolar, y don Quijote, harto de los continuos refranes de Sancho le prohíbe hablar ni una palabra: de ahí lo mohíno que anda Panza, tan parlanchín, y no lo que dice el mentado Vidal. Tanto es así que Sancho decide abandonar el tanto correr aventuras y amenaza con volverse al lugar de la Mancha. Se arregla la cosa levantándole don Quijote la interdicción. Conversando, se van 796 palabras de palique sobre la mujer en general hasta que el escudero vuelve a los refranes y Quijano a enfurecerse. Le propina una lección de historia a Sancho sobre los caballeros andantes, e insiste en que está allí por imitar a Amadís, cuya historia le cuenta dando lugar a un tan breve como memorable pasaje por su espléndida escritura: “arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura”. Y aquí viene la madre del cordero. Quijano advierte bien claro que no va a acometer tantos desmanes: “solo haré el bosquejo”, afirma; un pasar, un cumplir por encima con las reglas, no fuera que se armase aún una más gorda tras la muy infortunada de los galeotes. Sancho tira de sentido común: vale que los caballeros andantes hicieran tales locuras, pero ¿qué maldades perpetró Dulcinea para que su amo se ponga así? Mucho ojo a la respuesta de nuestro héroe: “Ahí está el punto y esa es la fineza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto ¿qué hiciera en mojado?” O sea, qué tontería sin mérito alguno o qué desgracia el perder la razón por razón grave justificada. De lo que se trata es de imitar así por las buenas, porque le apetece, de seguir jugando a estar loco. Enseguida, además, lo aclara con un delicioso intríngulis: “Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea; y si fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; y si fuere al contrario, seré loco de veras y, siéndolo, no sentiré nada. Ansí que de cualquiera manera que responda, saldré del conflito y trabajo en que me dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o no sintiendo el mal que me aportares, por loco”. Más claro, agua: he decidido ser loco, hacerme el loco, y no hay más que hablar.

Siguen otros sucedidos, se desvela la identidad de Dulcinea y parte Sancho a cumplir el encargo de la carta, no sin antes ver el “bosquejo” de su señor: “Y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales y luego sin más ni más dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco”. Bosquejo es: un par de saltitos, no fuera a descalabrarse Alonso Quijano. Un imitador, un hombre que juega a defender valores que sabe de sobra que ya no hay en ese mundo nuevo de miseria en que España ha caído, un cincuentón (o sea, un anciano para aquellos tiempos) que huye de su aldea, muerto de aburrimiento, para correr jugando la aventura de la vida, la única que va a tener, pues el tiempo se le acaba y él lo sabe. A ver si he aprendido a leer, don Gonzalo. Gracias.

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