“Yo, señor, soy Cervantes”

 

MIGUEL DE CERVANTES

(La conquista de la ironía)

Jordi Gracia

Taurus, 2016

472 páginas

El último libro de Jordi Gracia García (Barcelona, 1965), catedrático de literatura española y ensayista, está convirtiéndose ya en la (léase con mayúsculas) biografía por excelencia de Miguel de Cervantes, surgida durante el cuadringentésimo aniversario de la muerte del genio de Alcalá. Escrita por encargo,  con dedicatoria “Para Francisco Rico, por fin”, es decir, para el superespecialista actual en el autor del Quijote, viene a solucionar un problema a quienes nos pasamos la vida merodeando cerca de Cervantes. Me explico: la pregunta habitual que me dirigen como cervantista aficionado aquellos que desean convertirse en cervantistas aficionados viene a ser que están dispuestos a leer por fin el Quijote pero cuál de las docenas de ediciones del Quijote que se encuentran en las librerías les aconsejo. Desde que salió al mercado, respondo sin dudar que se compren la edición de bolsillo de Francisco Rico. Y punto final. Hay otras, pero están en esa. Además, no llega a 15 €. Luego ya, si se vuelven adictos irremediables, les propongo los dos tomazos de “Galaxia Gutenberg”. Respecto de otras obras menores (qué risa llamarlas “menores”) como las Novelas ejemplares o el Persiles, por ejemplo, solía responder que escogiesen la de letra más grande. Pero era cuando la paciencia y el humor me acompañaban más. Hoy ya me he decidido servirme de la repetición: “Cualquiera, cualquiera”.

Sin embargo, más crudo lo tenía cuando me solicitaban consejo sobre una potente biografía cervantina. Me inclinaba por la excelente y clásica de Jean Canavaggio, titulada Cervantes. En busca del perfil perdido. Pero acostumbraba pedirme el interlocutor recado de escribir por la presunta complejidad fonética del apellido. Así que lo solucioné con “la de Trapiello”, que viene a ser lo mismo y me sacaba del apuro. He aquí, pues, cómo este Miguel de Cervantes, subtitulado “La conquista de la ironía”, de Jordi Gracia me ha venido como agua de mayo: “La de Gracia, que acaba de salir”, contesto. Y punto final. ¿En qué consiste su originalidad? ¿Qué hay de nuevo, amigos? El punto de vista. Esa “cámara subjetiva” con la que Gracia enfoca la vida de Cervantes y hace tan gozosa como aventurada la lectura. Sí, como nos explica el autor, hubo de documentarse con material cervantino de primera mano, claro, esas más de 1500 páginas de actas notariales, testamentos, papeles varios… que se conservan hasta la fecha o han sido descubiertas hasta la fecha. A continuación, claro también, Gracia se leyó la obra completa, (incluida La Galatea). Y releyó y anotó. Todo ello para oír hablar a Cervantes, digámoslo así; para entrar dentro de su cabeza. La mentada “cámara subjetiva”.

Porque hechos, lo que se dice hechos probados, muy poco más sabemos hoy de Cervantes de que lo que ya sabíamos ayer de Cervantes. Como no sea que nos desvele conocer las auténticas andanzas de un sobrino de un tatarabuelo suyo que fuera cuñado de una tía política suya o cosas así. O como no sea que venga a alegrarnos la jornada algún majagranzas (hay muchos, por fortuna) que sostenga que el lugar de la Mancha era, pongamos, Villanueva y Geltrú o Vilanova i la Geltrú, o que Sancho Panza era en realidad un trasunto del cardenal San Sixto, qué sé yo. Pero tales cosas las trata la psiquiatría, no una reseña como la presente. Así, parece que Cervantes nació el día de san Miguel de 1547 en Alcalá de Henares; se sabe que lo cristianaron en la iglesia de su pueblo el 9 de octubre. Que su padre anduvo de peregrinaje español en busca de fortuna, buscado y pillado por la justicia alguna vez por asuntos de deudas. Al poco de ingresar nuestro escritor entre los veinteañeros, el rey Felipe II ordena la busca y captura de un tal «Miguel de Cervantes», acusado de haber herido en duelo al maestro de obras Antonio de Sigura. ¿Era él? Pues todo parece indicar que sí. Pasa a Italia como camarero del cardenal Acquaviva, huyendo de la justicia, se supone. Se enrola en el ejército y participa en la batalla de Lepanto, en 1571, contra el Turco en «el lugar del esquife» (o sea, en el barco pequeño que se lleva en el navío para saltar a tierra) y es herido «de dos arcabuzazos en el pecho y en una mano izquierda». Con el título de “soldado aventajado”, prosigue su carrera de militar profesional hasta 1575, cuando, de regreso a España, es secuestrado por unos piratas que lo llevan a Argel y exigen rescate, como solían y acostumbraban. Cuatro veces se intenta fugar: cuatro veces fracasa. Arrojo, pues, no le faltaba. ¿Por qué no lo mataron sus secuestradores en vista de su contumacia? Ahí se abre una veta de exploración muy querida por pierdetiempos: por ser el capricho sexual del mandamás de la morería, dicen unos. Quién sabe el porqué, responde Gracia: ¿se iba a encaprichar, sostiene, de un tullido alguien tan poderoso que perdía los sentidos casi exclusivamente por niños? Al fin, lo liberan los padres trinitarios pasada la treintena, regresa a España, le encomiendan una oscura misión (¿espía?) en Orán, va escribiendo poemas aquí y allá, va tratando de representar comedias aquí y allá (para cobrar enseguida: le gustaba el juego y la vida le fue dando muchas bocas que alimentar). Escribe una novela pastoril, género tan de moda en la época como los “realities” de hoy, y se casa con moza toledana cuando ya asomaban los 40 años de vida. Busca y busca empleo estable. Asesora económicamente a quien puede pagarle. Sigue a la Corte allá donde esté. Por fin, se emplea como comisario de abastos (con el fin de requisar trigo para la Armada) por el sur. Lo encarcelan (por haber embargado trigo de canónigos). Pasa a ser recaudador de impuestos: más cárceles por irregularidades, excomuniones incluso. Tiene una hija natural que le dará disgusto tras disgusto… Una vida de agárrate. Hasta llega a enfadarse con Lope de Vega, el gran gallito de las Letras. Y, a últimos de 1604, va saliendo de la imprenta una novela, el Quijote, de clara intención cómica, escrita por aquel ya anciano, con poca bolsa, mucho lío (hasta llegan a acusarlo en falso de asesinato). Y ahí, querido lector, comienza una (larga) década prodigiosa, inexplicable, inconcebible casi, donde ese viejo a quien el más optimista daría por acabado (estamos hablando del siglo XVII) escribe sin parar libros que hoy mismo nos parecen prodigiosos. Vino la muerte a buscarlo en abril de 1616. ¿Nos extraña la miserable celebración que, sin exceptuar a ninguno, nuestros partidos dedican al más grande escritor español que vieron los pasados siglos, los presentes ni esperan ver los venideros? A mí, ni un pelo. Tampoco a Jordi Gracia. Esto es España, señores. Y él era Cervantes, señores.

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