Marea y honor

El “Caso Marea” sienta en el banquillo de la Audiencia Provincial asturiana a trece acusados de corrupción. Entre ellos, el que fuera consejero de Educación del Principado, su entonces directora general y la ex Jefa de Servicio, la primera investigada, acusados de admitir sobornos. Como profesor que fui durante más de treinta años, no puede por menos que producirme repugnancia y vergüenza tal ejercicio de codicia, vanidad y mangurriez (siempre supuesto, claro) que marcó durante un tiempo la trayectoria de quienes, en cierto modo, eran mis jefes. Mientras tantos y tantas nos afanábamos en dar clase, esos trece magníficos se afanaban en afanar a secas (presuntamente, claro). Ignoro si van a ser declarados culpables y si van a volver a prisión por ello. Pero, si acaso los entrullan, les aconsejo la lectura de “El espejo del mar” de Joseph Conrad que amenizará sus largas horas de ocio carcelario y acaso les enseñe no lo que valen un peine, unos zapatos o un coche (que eso bien lo saben) sino el significado de ciertas antiguas palabras, como el honor, por ejemplo.

      Acudo, siempre que el asco me invade, a ese libro de recuerdos e impresiones, de cuya bellísima escritura se cumplen ahora 110 años. Parece hablar de barcos y marinos (y de mareas), pero, a poco que se sepa leer, resulta un tratado de conducta cívica y personal a cargo de quien había visto la flaqueza aunque también el vigor. “Un hombre nace para prestar su servicio en este mundo ―sentencia Conrad―, y hay algo de hermoso en el servicio que se rinde por otros conceptos que el de la utilidad”. Claro que hay flaqueza: “A los hombres, sean profesores o carboneros, se les engaña con facilidad; incluso tienen una extraordinaria tendencia a prestarse al engaño, una suerte de curiosa e inexplicable propensión a dejarse llevar por la nariz con los ojos bien abiertos, se hallan sometidos a sutiles y poderosas influencias y prefieren ver sus méritos apreciados que sus defectos descubiertos”. Aunque debería prevalecer el vigor cuando se lucha por el sustento: “Hay algo más allá: un punto más alto, un sutil e inconfundible toque de amor y de orgullo que va más allá de la mera pericia. Es más que honradez; es algo más amplio, un sentimiento elevado y claro, no enteramente utilitario, que abarca la honradez, la gracia y la regla y que podría llamarse el honor del trabajo. Está compuesto de tradición acumulada, lo mantiene vivo el orgullo individual, lo hace exacto la opinión profesional, y, como a las artes más nobles, lo estimula y sostiene el elogio competente”. Por si fuera poco este genial remate de párrafo, el viejo Conrad parece tronar en alto estilo y mejor pensamiento en la siguiente reflexión: “Al igual que los hombres de escrupuloso honor crean un elevado modelo de conciencia pública que se halla muy por encima del uniforme nivel de una proba comunidad, así los hombres dotados de esa pericia que llega a ser arte en virtud de su continuo esfuerzo elevan el uniforme nivel de la práctica correcta en todos los oficios de tierra y mar. Las condiciones que amparan el desarrollo de esa suprema, vívida excelencia deberían cuidarse y cultivarse con el mayor esmero para que no perezcan víctimas de una decadencia gradual, imperceptible e interna”. Entiéndanse, ahora, las palabras “embarcación” y “buque” como metáforas y vean los encausados su error y lo que han perdido por no abrazar el bello arte de cumplir en su empleo: “Los que han llegado a ser auténticos amos de su embarcación no han pensado en nada que no fuera en hacerlo lo mejor posible con el buque que estuviera a su mando. Olvidarse de sí mismo, renunciar a todo sentimiento personal en aras de ese bello arte es el único modo de desempeñar fielmente su cargo”. Justo lo contrario que supuesta y presuntamente han hecho los trece de tan ignominiosa y pútrida Marea.

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