El cocinero de los mares del sur

 

POR LOS MARES DEL SUR CON JACK LONDON

Martin Johnson

Trad. Beatriz Iglesias

Ediciones del Viento, 2016

296 páginas

 Claro que este libro es entretenidísimo, como todos los que buscan describir aventuras o la Aventura mayúscula. Claro que la expresión “mares del sur” despierta excitantes ensoñaciones en cualquiera que no tenga como objetivo vital ir haciéndose cuerpo con su sillón frente a la tele. Claro que las islas Marquesas, el archipiélago de Samoa, las Fiyi, Honolulú… avivan en el cerebro algo muy antiguo y promotor de escapadas vitales, algo quizá de la infancia. Claro que la sola palabra Molokai hace vibrar a quienes crecimos en los 50 y 60 del XX: ay, aquella película “Molokai, la isla maldita”, que pasaban con pertinacia o acaso contumacia en todos los cines de barrio y parroquiales, con el blanco y negro de los leprosos tan bien tratados por el padre Damián al irse acabando el XIX, con el pavor que desataban en los ojos niños las imágenes de aquel mundo vedado y proscrito. Claro, Martin Johnson estuvo allí y sabe lo que cuenta y se deja retratar (hay que ver cómo se ha reproducido en las propagandas la foto de la página 164), y, además, en compañía cercanísima del gran Jack London. Claro que sí. Pero ahí finalizan, aunque no sean pocos los dichos, los méritos del libro. Quiero decir, en mi muy particular gusto, que Johnson no es exactamente un escritor, sino más bien un notario de lo que ve. O que escribe con el freno de mano puesto, que le falta aventura al escribir sobre la aventura.

El 13 de abril de 1907, una embarcación que no llegaba a los 14 metros de largo (exactitud: 44 pies de eslora), bautizada como “Snark”, partió de San Francisco en EE.UU. con el matrimonio London a bordo, más una exigua tripulación en la que destacaba un joven (22 años) que había ganado ese puesto tan codiciado por tantos que querían acompañar al autor de Colmillo blanco o Martin Eden en un viaje de siete años (¡la Aventura!) para dar la vuelta al mundo. Que solo quedase en un par de años y finalizase en Australia no le quita mérito a quienes las pasaron de todos los colores por aquellos mares e islas. Y sí, allí estaba nuestro Johnson (de vida tan azarosa siempre que no cabe aquí), quien supo responder a la pregunta de London “¿Sabe usted cocinar?” con un “Póngame a prueba” que le dio plaza en el queche… y le obligó a apuntarse a urgentísimos cursos culinarios. Todo el mundo quería viajar en el “Snark”, ver de cerca aquellas maravillas y verlas con los ojos de los London: Johnson fue, pues, un suertudo.

¿Dónde está, entonces, la pega? Veamos cómo escribe London y cita Johnson: “Falible y frágil, un átomo de vida vibrante, gelatinosa… eso es todo lo que soy. A mi alrededor hay grandes fuerzas de la naturaleza: amenazas colosales, titanes de la destrucción, monstruos sin escrúpulos que sienten menos consideración por mi persona que yo por el grano de arena que aplasto con mi pie” (pág. 15). Nos guste su ampulosidad o no, al menos hay calor en ese estilo de narrar. Leamos ahora a Johnson en Molokai: “En cuanto a la enfermedad de la lepra, nadie sabe qué es. Se clasifica de acuerdo con sus síntomas. Si nos remontamos a la antigüedad hallamos referencias a la lepra. Mil quinientos años antes de Cristo era muy conocida en el delta y en el valle del Nilo. Luego se propagó durante toda la Edad Media…” (pág. 109). ¿No parece un testimonio muy elemental cuando el tipo está en Molokai? “Capturamos muchos tiburones, de los que solíamos cortar filetes y arrojar luego los cadáveres por la borda (…). Un marinero odia los tiburones más que nada en el mundo y jamás pierde la oportunidad de torturar uno” (pág. 120). ¿Y nada más? Quizás ahí esté la clave del asunto: le veo falta de vigor narrativo. Otros lectores, sin embargo, quizá sea lo que más aprecien. Gustos. (Y nota final: el 31 de marzo de 1909, Martin Johnson abandona Australia a bordo del… “Asturias”. Quede constancia).

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