Adolescentes y personas humanas

 

Vuelvo a compartir aquí algunas de las frases brillantes, pero brillantes brillantes, con que los alumnos y alumnas y supongo que mediopensionistas salpican sus relatos para el concurso de “Jóvenes Talentos” de cuyo jurado formo parte y me hace convertirme en muy injusto juez. Viene el título de estas líneas a uno de esos comienzos con los que los chavales nos regalan. Como la madre pidiese al niño que se levantara, medita él: “Eran las ocho de la mañana y como todo adolescente o persona humana ignoré esas palabras”. Persona ya conlleva la pertenencia a la especie humana: pero acaso no esté de más repetirlo, pensaría el redactor. No pude olvidar al leerlo a aquel vecino mío que siempre lloriqueaba: “Pero qué tonto es el hombre humano”. Me gustan mucho los matices que se les ocurren. Fíjense ustedes en cómo afina este texto entre “raro” y “extraño”: “Era una noche fría y oscura. Una pesadilla consiguió quitarme el sueño, había soñado con todo lo que me aterraba y al final había una melodía rarísima y un tanto extraña”. No le cabe duda de que la melodía era rara en grado sumo; pero, sin embargo, le parece a continuación solo un tanto extraña: ¿en qué quedamos? Sépase que se refieren muchos acaso futuros escritores (raza a punto de extinguirse) a una melodía, porque los organizadores del certamen les entregaron una cajita musical que, mediante manivela (que suelen escribir “manibela”), se activaba. Así, por ejemplo, hete aquí un párrafo de un enamorado de los adverbios que acaban en “―mente”: “No podía dejar de escuchar esa melodía. Penetraba en mi mente constantemente, se deslizaba lentamente hasta llegar a mis recuerdos profundamente”. Quede, pues, la cosa claramente, diáfanamente, puntillosamente explicada. Y otro más, con duda metafísica incluida: “Cada vez que escuchaba esa melodía, me recordaba la pregunta que llevaba pensando desde que era pequeño: ¿algún día me casaré?”

      Pues sí, a estos guajes de 2º de la ESO les preocupa mucho si se van a quedar para vestir santos o contraerán nupcias contra (permítaseme la licencia) alguien. Les inquietan la guerra, la enfermedad y el abandono, sobre todo. Y, con respecto a otros cursos, han ganado muchísimo en ortografía… pero han perdido muchísimo en imaginación. Hay faltas, claro, pero me abruma lo chatos y lisos que son en sus cuentos: apenas una pizca de fantasía, una nada de locura expresiva o argumental. Pueden sentirse orgullosos los planes educativos demenciales que sufre la chiquillada: el propósito de adocenar al rebaño estudiantil se le va cumpliendo al Poder. Cuando quieren profundizar, se les va la mano tremendista: “Había caído en la monotonía de los días, en la repetición de las semanas y el bucle de cada mes. Lo que antes habría calificado de ‘realidad’ era una lejana palabra que causaba en mí una tempestad de tristeza que me corroía el alma”. ¡Hala! Se tiñen de modestia, ampulosa, pero modestia: “Esta no es la historia de un Dios, ni de un héroe, ni mucho menos. Simplemente, la mía”. Aunque, a veces, ser tan insignificante trae problemas: “Por qué, de toda la gente que hay en París, me tiene que pasar, precisamente a mí”. En efecto, más de doce millones de habitantes cuenta el Gran París. No faltan las dosis de cursilería literaria: “La primavera acababa de comenzar, el frío y oscuro invierno había quedado atrás. Los pájaron piaban y las flores y los árboles recobrababan sus vivos colores”. No obstante, basta invertir el patrón sustantivo más adjetivo para producir un simpático efecto: “Todo comenzó aquel fatídico 13 de abril en la brava costa catalana”. Brava costa la Costa Brava. Por útlimo hoy, este comienzo de día y de relato, tan sutil en sus inicios como explosivo en su final: “Las 4:57 de la mañana y aquí sigo, sin poder dormir. Las 5 en punto y ya vuelve a sonar esa maldita melodía que me martillea la cabeza. ¡A tomar por saco!”

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