La juventud del comisario Gorgonio

 

 

 

 

LA MUERTE ABRIÓ LA LEYENDA

Alejandro M. Gallo

Ed. Reino de Cordelia, 2016

246 páginas

“Premio Castellón Letras del Mediterráneo”

 

 

      Todo escritor de novela negra o policiaca o de “habitación cerrada” o  gore o de intriga o de aeropuerto o como se quiera llamar cuando hay muertos y policía de por medio suele crear un personaje estrella para sus ficciones. En el caso de Alejandro M. Gallo (1962, asturiano de adopción), dos personajes protagonistas de dos series. Por una parte, un héroe clásico y trágico, con más de diez años de antigüedad en librerías: Trinidad Ramalho da Costa. Por otra, Gorgonio Llaneza, “un dinosaurio que ya no comprende ni quiere comprender el mundo en el que vivimos”. Especialista en líos de calado político o de memoria histórica el primero; coñón y descarado y desencantadísimo el segundo, rondando la jubilación. Este año, le toca el turno editorial a Gorgonio, tras Oración sangrienta en ValleKas, un caso del “Trini”, y Morir bajo dos banderas, el fresco de los soldados de la II República española (“los soldados de la libertad” los llama Gallo) que lucharon contra el fascismo en otros frentes tras la Guerra Civil española.

La muerte abrió la leyenda es un precuela gorgoniana. Cuenta el primer destino, en la primavera de 1972, de Gorgonio (“por mi abuelo materno”) como subinspector de segunda en la Brigada de Investigación Criminal de Castellón. Ahí llega, a una comisaría donde campa por sus faltas de respeto la Brigada Político Social (o “la puta social”, como le dicen). Nuestro héroe apunta ya maneras, como le dirá un compañero: “Llevas tres días en Castellón y ya has conseguido cabrear al jefe, escribir una novela de conspiraciones internacionales, pillar una borrachera de espanto, enamorar a la hija de la patrona y granjearte la enemistad de los prebostes de la Cámara de Comercio. Estamos todos expectantes ante tu próxima actuación. Eres todo un fenómeno, chaval”. Es así porque el primer caso que le encomiendan parece un mero trámite: un ingeniero chileno muere en un accidente de tráfico cerca de Valencia. Sería llegar, echar un vistazo, hacer el papeleo y archivar ese no-caso. Pero Gorgonio se complica la vida muy a gusto al descubrir que el muerto contaba con otra identidad también: Amado Granell, un luchador republicano. Sí hay caso, a pesar de las muchas fuerzas que se oponen a remover el asunto: “Un héroe de dos guerras, que había luchado durante nueve años contra fascistas y nazis, que había desembarcado en Normandía, que había conducido su columna blindada contra las líneas de la todopoderosa Wehrmacht en París y las había resquebrajado, que llegó el primero al ayuntamiento de la Ciudad de la Luz, que abrió en los Campos Elíseos el desfile de la victoria, que lideró en el exilio los contactos entre monárquicos y republicanos para expulsar a Franco, que llevaba veinte años clandestino en territorio nacional con pasaporte falsificado fue a encontrar en una carretera secundaria de la Ribera Baja”.

El modo que Gallo elige para contar su historia tiene su gracia para agarrar al público. Comienza con una entrevista que concede un Gorgonio ya mayor a una radio marginal de Vallecas, por mandato de la superioriad para “vender imagen”. Se aplica a comer embutidos y queso, a trasegar vino rico, mientras esos jóvenes posmodernos de ahora mismo le tiran de la lengua para que les cuente algún caso sin resolver del todo. Y Gorgonio recuerda los sucesos de Castellón, su primer trabajo como policía a su pesar, ya que iba para maestro de taller mecánico pero se equivocó de sala de oposición. A partir de ahí, Gallo mezcla la investigación del caso con fuertes dosis de costumbrismo: el joven estudiante autoestopista, la pensión que lo aloja y que esconde una célula clandestina, los compañeros policías, los franceses que lo ayudan, las torturas de la Social, la ciudad de la época, las costumbres de cortejo en los 70 provincianos, comidas y bebidas… Incluso del ambiente literario. El joven que lo acompaña lo introduce en Max Aub: “A los escritores que encuentra en esta época les dedica un apartado. A Barral lo considera el nuevo pope de los libros. A Benet lo cita como un nombre que suena…”. Y acabará siendo Max Aub quien, finalizada la entrevista y la novela, resuma la función del escritor: “Gritar mi protesta, romper el silencio, pregonar la justicia, sacudir la indiferencia”. Y es que, para entonces, Gorgonio ya se ha hecho mayor.

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