Los descielados

 

 

 

 

EN TIERRA AJENA

(Exilio y Literatura desde la “Odisea” hasta “Molloy)

Josep Solanes

Ed. Acantilado, 2016

326 páginas

 

 

 

A lo mejor, una anécdota en apariencia banal de las (pocas) desgranadas en este libro tan antiguo como vigente (véanse las pleamares de la forzosa emigración presionando todos los diques), cuadra bien para definir cómo el exilio suspende hasta el tiempo. Fue en cierta ocasión, cuando un transterrado, “distinguido en el campo de la medicina” y con muchos años ya en tierra impropia, se vio obligado a recurrir al especialista porque “un diente que ya le había exigido cuidados le hacía sufrir de nuevo. El odontólogo al que acudió en la ciudad donde le concedieron refugio, le preguntó cuánto tiempo había transcurrido desde la intervención precedente: ‘Un año’, contestó, para inmediatamente corregirse: ‘¡Eh, hacía un año allá!’, en su país”. Es decir, como concluye Solanes, “el tiempo del destierro no había contado para él”: había ido por última vez al dentista un año antes, contando el tiempo desde que el hachazo del exilio suspendió para siempre el discurrir de aquel. Josep Solanes i Vilaprenyó nació a comienzos del XX y casi concluyó el siglo. Es uno de esos sabios cuyo conocimiento se escapa a la mayoría de los lectores, a causa del tajo insondable que produjo la Guerra española de 1936, en la que participó como capitán médico en el bando republicano. Obligado a exiliarse cuando la derrota, ejerció la psiquiatría en Francia para, más tarde, trasladarse a Venezuela (más actualidad), lugar que apenas abandonaría como no fuese para leer en Toulouse su tesis doctoral cuando ya pasaba de los 70 años. Como nos cuenta Mònica Miró Vinaixa en su necesario prólogo (nadie conoce a nadie, muy pocos saben quién fuera Solanes, como digo), nuestro hombre dedicó una parte fundamental de su vida a explorar la esencia de una figura: “el exiliado radical, el exiliado como paradigma humano”. ¿Es un libro, pues, sobre exiliados? ¿Se trata de los exiliados españoles o de otro adjetivo, tal vez de los históricos o literarios como parece dejar traslucir el subtítulo? ¿Una lista de tragedias personales y personalizadas? No es eso, no es eso. Es un libro de capítulos breves, aunque atiborrados de ilustrativas notas finales, sobre cómo el exilio, todos los exilios, la “exilialidad” (si se me permite) fueron tratados por la literatura, ese oficio que no vale hoy para nada, a juzgar por el Poder, ya que solo sirve para recordarnos quiénes somos: los mismos que fueron y, sin duda, los mismos que serán.

Se aplica a las representaciones fitomórficas de quien vive el horror de ser arrancado de su tiempo, de su entorno, de lo suyo: “Que un viento te lleve, libro, / a la Francia donde nací. / El árbol desenraizado / regala su hoja muerta”, citando el lamento de Victor Hugo. O las zoomórficas, cuando Garcilaso de la Vega se comparaba, en la ausencia en que vivía, con un perro: “moviome a compasión ver su accidente. / Díjele lastimado: ten paciencia, / que yo alcanzo razón y estoy ausente”. Se aplica Solanes a la etimología y evolución de los nombres de esa condición tan espantosa: exilo, exilado, exilio, exiliado, desterrado, salido, peregrino, extraño, extrañado, emigrado, fugitivo, transterrados, descielados, refugiado, gachupinos, musiús… Siempre con los dos pies sobre la literatura: “¡Qué heladas he sufrido, qué oscuros días he visto! / ¡La desnudez del viejo diciembre por todas partes! / Y, sin embargo, este tiempo extraño era verano”, clama Shakespeare. O Pushkin desde la sureña Odessa: “Todo es aquí tedioso y frío. Estoy helándome bajo los cielos del sur”. Siempre “el exilio es lugar flagrante y nulo”, sentencia Saint-John Perse. Nada: “Ni pan ni agua, / ni siquiera una pira fúnebre. / Dos cosas aquí, solamente: / el exilio, un exilado”, que resumió Séneca. Un libro tan entristado como iluminador (para leer con buena salud mental), pues no en vano todos nosotros somos exiliados de nosotros mismos a lo largo de una vida en lugar extraño donde “el tiempo no era sino un chapoteo informe, un largo día sin edad”, que dijo para siempre Albert Camus.

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