¿Qué libro me aconsejas para este verano?

      A tan incómoda pregunta solía yo enfrentarme cuando llegaban estas fechas y el personal salía de las agencias de viaje feliz de fundirse en una semana al sol la pasta que tardaban en ganar dos meses a la sombra. Incluso desaparecía yo esta quincena para no verme en el brete aconsejante, pues toda buena acción conlleva su justo castigo y, por alta que fuera mi voluntad de atinar en la recomendación, el inexorable otoño acababa por llegar y con él el menoscabo de mi maestría lectora: “Vaya mierda de libro que me dijiste, macho. No hay quien lo lea”. Pues bien, ya nadie me pregunta: muy al contrario.

      Puesto a reflexionar sobre esta mutación de las costumbres, encuentro dos causas principales que la provocan. (Bueno, encuentro una tercera: que a nadie importa un pito lo que yo digo). La primera es el adanismo que nos invade. “Adanismo”: hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente. Así resulta que ahora me aconsejan a mí. Me encuentro con el adanista X*: “A ti que te gusta leer, te aconsejo un libro que está muy bien, ya lo verás”. Y va y me recomienda “La Regenta” o “Las flores del mal” o el “Hamlet” de Shakespeare. Quedo tan agradecido como confuso, pues lo hace de modo harto entusiasta sin acaso reparar en que el mundo existía antes de que fuese honrado con su nacimiento y que tales obras ya habían sido por un servidor releídas tiempo ha, como corresponde y obligación es. (Nunca se me ocurriría proponerle a un forofo futbolero entrado en edad los YouTubes completos de Di Stéfano, Pelé o Maradona, del Milan de Sacchi o de la “Naranja Mecánica”). Pero es lo que tienen los adanistas: que todo empezó con ellos mientras los demás dormitábamos. El adanista Z* me encarece una reciente novela de amores desenfrenados y traiciones aviesas en cálidos trópicos, como si no solo se hubiesen escrito ya millares sino que ignorase el arriba firmante que todo amor carece de freno, que toda traición es torcida y fuera de regla, que en los trópicos te asas de calor. Vista, pues, la primera causa, vamos a la segunda. La literatura ha perdido pie, se ha ido al garete, sustituida por artefactos que procuran al entretenimiento, la autocomplacencia, el llanto fácil o la risotada grosera y eructante. Con las excepciones debidas y tal y tal, los poderes editoriales han decidido que ya está bien de usar las palabras para crear belleza, intensidad, desconcierto, movimientos del espíritu. Ya no hay libros como bombas anímicas que te cambian la vida: o muy pocos. Conscientes de que la competencia de ocio videojueguista, televisiva y serialista es abrumadora, han hecho lo que les acabará por hundir en la quiebra: renegar de la palabra en favor de la trama. Con que tenga movida el argumento basta y sobra, aunque esté escrito con el culo: he ahí la nueva norma. Y como este modesto plumilla solo recetaba literatura fetén, se ha quedado son feligreses.

      Así que he decidido tomar palabras prestadas y, si se diera el improbable caso, solmenar al preguntante lo siguiente: “Te aconsejo la novela TAL***. Ante tus ojos desfilará toda una cohorte de caracteres enfrentados, incluso opuestos; situaciones que no guardan entre sí ningún parentesco y pasiones que cubren buena parte del complejo espectro de la conducta humana. La generosa nobleza separada por un delgado tabique de páginas de la más baja ruindad; la venganza implacable junto al magnánimo perdón; desapacibles noches de invierno a poca distancia en el tiempo de los cálidos mediodías; momentos risueños dentro de un acontecer sombrío, y viceversa; el lujo de una civilización pagada de lo último en contraste con la miseria de una cultura añeja y decrépita. Verdades evidentes y palmarias que conviven de pared por medio con insolubles enigmas”. Y, luego, que se arregle como mejor pueda.

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