No te fíes de los de casa

 

CAMILLE

Pierre Lemaitre

Traducción Juan Carlos Durán

Ed. Alfaguara, 2016

320 páginas

      Pues ya están en castellano las cuatro novelas de Pierre Lemaitre protagonizadas por el comandante Camille Verhoeven para alegría de sus cada vez más numerosos seguidores. Una tetralogía, como dicen muchos, de novelas negras; pero nunca una saga, como dicen muchos otros, pues en ellas no se abarcan las vicisitudes de varias generaciones de una familia. Ya se dijo y repitió aquí que el éxito de Lemaitre y la consecuente edición rápida de sus novelas con detective (digámoslo así) obedece a que se le concediera hace tres años el envidiado “Premio Goncourt” por Nos vemos allá arriba, pues de no haber ocurrido tal cosa con esa novela sobre estafas monumentales tras la 1ª Gran Guerra seguro que nos hubiésemos visto privados de la serie que pivota sobre el policía enano (si somos coloquiales despectivos) o de estatura alternativa (si somos políticamente correctos). En efecto, 1,45 metros es la estatura del puntilloso y exacto y desgraciado en amores y calvo (o de estructura capilar alternativa) Verhoeven, quien dirige el grupo policial que forman el rico Louis, el faldero Jean-Claude Maleval y el fichero andante Armand, bajo la superioridad encarnada en el comisario Le Guen. Pero, no se puede uno fiar de la gente de casa y no puedo decir más.

Los hemos ido conociendo desde hace una década con los títulos originales en francés: “Travail soigné”, “Alex”, “Les Grands Moyens” o “Sacrifices”. Sin embargo, los misterios editoriales españoles los ha ido traduciendo solo con nombres propios, conservando Alex y prefiriendo Irene, Rosy & John y Camille para las demás. Deseosos como siempre están los lectores de un nuevo ídolo, todo Lemaitre se vende como primera clase (un nuevo Benjamin Black, se ha dicho). Pues no. Irene me parece una chapuza gore; Alex no me disgustó; a Rosy & John la tengo por la más potable de la serie; y a Camille, por pasable entretenimiento. Creo que la obra clave de intriga de Lemaitre es su fenomenal Vestido de novia, sin Verhoeven: ahí me quito el sombrero.

Camille da fe del paso del tiempo: el grupo del comandante disminuye, a Le Guen le sustituye la comisaria Michard (con cuyo apellido se hacen bromas machistas), el breve Camille se ha enamorado de nuevo tras la catástrofe que supuso la pérdida de Irene: “Su primera mujer fue asesinada, un cataclismo del que tardó años en recuperarse. Cuando se ha atravesado ese mal trago, uno piensa que no le puede pasar nada peor. Es una trampa. Porque bajamos la guardia”, se nos advierte. Ahora, su chica es Anne, que está donde no tiene que estar cuando no tiene que estar: durante un muy violento atraco a una joyería de París y viéndole las caras a los criminales. Intentan matarla, no lo consiguen, lo vuelven a intentar en el hospital donde se cura… Y un Verhoeven enfurecido los busca y la protege. Aunque nada es lo que parece, como la voz de un cachondo (o sea, bromista) conarrador nos va dando a entender. Y, con esos mimbres, estira Lemaitre la historia hacia eso que se llama un sorprendente final. Un policiaco, pues, con un punto de gracia en esa voz que cocuenta la historia: un tipo burlón o un redomado sádico vengativo. Así, al ver a una mujer con “innumerables pulseras, collares, cadenas, anillos, pendientes” concluye que “es sorprendente que los atracadores no se la hayan llevado con el botín”. Así, tras provocar la explosión de unas naves industriales “expropiadas por el Ayuntamiento para reconstruir encima”, reflexiona: “Al fin y al cabo es echarle un cable a la comunidad, se ve que uno puede ser atracador y tener además conciencia cívica”. Así, desecha cargarse a una enfermera meticona por no “privar a la sanidad pública de una enfermera, como si les sobrase personal”. Así, puntualiza: “Le pego un tiro en la rodilla, su reacción es explosiva, si se me permite la expresión”. Así, sucesivamente. Se lee bien, pero no exageremos.

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