La clase de literatura

 

 

 

SEÑALES DE HUMO

Rafael Reig

Ed. Tusquets, 2016

384 páginas

El sueño de un profesor de literatura de Secundaria es cumplir esa expectativa manifestada por los alumnos en cuatro palabras: “Haznos las clases amenas”. No es fácil: las continuas ordenanzas boletinescas despistan; el obsesivo control de la inspección educativa por saber si se lleva al día la Programación didáctica acecha; el desinterés o la inquina oficiales y sociales hacia el leer y el escribir trabajan en contra de cualquier amenidad. Tal parece que todo se conjuga para que lo grato, placentero y deleitable ni sea grato, ni placentero, ni deleitable. Pues bien, si ello es así incluso durante las clases de literatura contemporánea, en las que acaso los alumnos puedan pillar algún código con el que identificarse, imagínese el lector el horror que representa amenizar hoy una explicación de Berceo, el poema de “El Cid” o un drama de Lope de Vega. Escritos todos en un idioma que ya no se habla, en verso para más inri, hacen sudar gotas de desánimo al más bragado profesor. Pues a tal labor amena se aplica el cangués Rafael Reig (1963), bien conocido por su afición a romper cabezas apolilladas tanto en su obra, digamos, ensayística como en sus felizmente disparatadas novelas, como en sus iniciativas culturales. Es Reig incómodo, que diría el Poder.

¿Quiere lo precedente decir que Señales de humo es un libro de texto para enseñar literatura medieval y de los Siglo de Oro? Sí, porque cumple tal cometido. No, porque lo rechazarían con espanto la autoridad competente (educativa, por supuesto): por hereje, antiacadémico y descarado, y también por el apabullante conocimiento de causa del autor. O sea, por literario; o sea, por todo lo que merece aplauso para quienes gozamos de la literatura. ¿Es un ensayo, una novela? Qué más da o daría. Es un excelente libro sobre cómo contar la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco que entronca con Los sueños de Quevedo: el narrador, internado en un psiquiátrico (como no podía ser de otra forma), rememora sus clases en el Instituto Sansón y Carrasco de Manoteras, y afirma que es voz autorizada para ello pues vivió las épocas que cuenta. (Sansón y Carrasco: el bachiller que vuelve a don Quijote a su aldea solo cuando juega al mismo juego que Quijano, a ser caballero andante). Dice por ejemplo: “He sido demasiados hombres, he estado unido a tantos sistemas nerviosos a través de los siglos. Fui esclavo y vi el cadáver de Julio César, a los pies de la estatua de Pompeyo; asistí al asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando y su mujer, Sophie Chotek, bellísima aunque estuviera embarazada. En el patio de la cárcel Modelo, he sido Galdós y contemplé en 1890 la ejecución a garrote vil de Higinia Balaguer, la asesina del crimen de Fuencarral (…). Fui Antón Sánchez, fui Dom Nicolas y conocí a François Villon (…). También traté a don Marcelino Menéndez y Pelayo, a Petrarca y a Homero”. Y nos propone una manera de leer: “Petrarca leía con pasión, discutiendo con el autor (a veces por escrito, en los márgenes), charlando con él, apropiándose del libro por completo”. Todo dirigido a esa “gente del porvenir”, como llama a sus alumnos o a los lectores, porque “así es cómo comienza siempre una buena aventura. El lector salta por la ventana, hacia la oscuridad, sin mirar atrás: un amigo le está esperando, dentro del libro”.

Y mientras da palo aquí, explicación allá (muy correcta y pausada la biografía cervantina y su mano a mano con Lope), abomina Reig de los “intelectuales”, como es costumbre: “Un momento. ¿Leyendo? ¡Por favor! Estamos en presencia de un intelectual, así que había estado ‘relegendi’: un intelectual sólo relee. Leer algo por primera vez es lo característico de alguien que trabaja en un taller de chapa y pintura; una experiencia tan ajena a los hábitos de un intelectual como rellenar quinielas o remendar calcetines”. Magnífico tratado, del que espero la segunda edición, aunque solo sea para corregir la triste errata de la página 177, ay.

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