Perrofilia con reparos

El escritor Javier Marías, con cuyas opiniones suelo coincidir, nos ofrece un reciente artículo, “Perrolatría”, que bien podría resumirse así: “No me gustan nada los perros”. La extensa argumentación que despliega para apoyar su actitud ofrece algún universal insostenible: “Los dueños de los canes quieren imponer sus mascotas a los demás”. ¿Todos?, cabría preguntarse. Sostiene contradicciones palmarias: “Nada tengo contra los perros, que a menudo son simpáticos”, para acusarles enseguida de amenazantes comportamientos: “el que va con un perro porta un arma” o “una bestia que obedecerá a su amo y que éste puede lanzar contra quien le plazca”, comparándolos con “una pistola o un cuchillo de ciertas dimensiones” y llamándolos “peligros en potencia”. ¿Todos los que paseamos con un perro lo usamos como arma en potencia y no vemos el momento de lanzarlo contra quien nos plazca? Pues no. Cita Marías al gran Stevenson, que tampoco gustaba de los perros. Bien está: si quiere docenas y docenas de testimonios a favor de tales “bestias” (sí, la RAE entiende por “bestia” a cualquier animal cuadrúpedo, pero ¿y la connotación popular de “bestia”?), debidos a altísimas plumas, se los ofrezco con gusto. Para contrastar, más que nada.

He convivido durante casi quince años con un “golden retriever” y sigo haciéndolo desde hace tres con otro de la misma raza. Jamás de los jamases ni uno ni otro atacaron a nadie. Nunca se me pasó por la cabeza usarlos como pistola o cuchillo. Recogí y recojo sus deposiciones sin que ello me represente “humillación” (palabra que usa Marías) alguna. Su trato con el prójimo fue y es cariñoso o educadísimo, sentados pacientes cuando me paro a charlar con alguien. Me hizo el pasado y hace el presente compañía silenciosa, recibiéndome si vuelvo del buzón o de la compra con alegría tal como si retornarse de semanas en el Congo. Prestaron y presta consuelo a mis estados de ánimo sufrientes proponiéndome con prudencia inocentes juegos. Mis alegrías le llenaban o llena de entusiasmo. Por terminar: me dieron hasta la fecha cerca de diez mil horas de paseo, venciendo mi pereza, el mal tiempo y la falta de humor. Y conozco a cientos de semejante comportamiento, cientos. Por el contrario, durante esos dieciocho años largos he sufrido a humanos repugnantes, maleducados, groseros, agresivos, amenazantes, faltosos, vocingleros hasta lo intolerable, sacamocos, plantadores de eructos, vomitantes, pedorros e histéricos. También he gozado de compañías humanas que fueron pura delicia. Porque me temo que ahí está el quid de la cuestión que Marías yerra. Los dueños de los perros.

Asisto perplejo a la moda de que todo quisque se crea con derecho a tener perro sin que los deberes subsiguientes vayan en el mismo paquete. Veo, es cierto, a tres o cuatro canes arrastrando a atribulados e incapaces dueños. Escucho a perros que ladran en soledad abandonada o amenazan furiosos nada más que ven a un congénere. Las perreras no dan abasto a acoger a quienes fueron un encanto y se convirtieron en una molestia por la imprevisión o sandez de sus dueños. Mis perros fueron atacados por otros en varias ocasiones ante la ya famosa exculpación de sus amos: “Qué cosa más rara, no lo había hecho nunca antes”. He visto pasar totalmente al responsable de las cacas que su perro dejaba en la acera (con el consiguiente altercado). Aún me taladran los oídos los aullidos de perros abandonados en la calle. Así hasta el infinito.

Un perro de compañía bien educado (pleonasmo) es una fuente de civilidad continua. Un perro cruel usado como compañía (oxímoron) es una desgracia para la convivencia. O se aplica la legislación vigente y se endurece en sus hoy apartados vaporosos o seguiremos teniendo a Marías y a los Marías rascando donde no pica: culpando al perro de compañía de haber sido convertido en una bestia salvaje por su amo, el culpable, el único culpable, el que proyecta sus frustraciones y trastornos en un dulcísimo ser.

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